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14 de abril de 2019

Un parto excepcional en el Bordecorex del siglo XIX

Buceando en la hemeroteca digital hispánica, Emilio García ( nieto del maestro de Bordecorex de principios del siglo XX) ha encontrado este curioso documento que nos remite .

Por el nombre de la publicación ( El Genio Quirúrgico ) se deduce que se trata de un periódico especializado en Ciencia y Medicina . El artículo fue publicado en octubre de 1863.
Se trata del breve relato que, de cara a divulgar conocimientos médicos entre la  comunidad científica,  hace un médico al atender un parto poco común para la época, en Bordecorex en diciembre de 1862.

En el relato sorprende la manera en que el médico era avisado : " fui llamado por un muchacho al pueblo de Bordecorex, manifestándome fuese corriendo " . No se indica desde donde debía trasladarse el médico con tanta urgencia para atender el parto.

El inicio del relato presagia un desenlace trágico para el neonato. Después, afortunadamente la naturaleza corrige por si sola la anormalidad del parto.
Es curioso el planteamiento que el médico le hace al padre para bautizar al niño/a antes de que pudiera morir , y su plan de cara a que la madre no se percate de la posible pérdida del hijo/a durante el parto. 








 
Gracias Emilio , por seguir contribuyendo con tus investigaciones  a la memoria del pueblo



10 de abril de 2018

Ruta en bici Bordecorex- Villasayas

Abril 2018
Partiendo de Bordecorex, el valle del Río Torete es uno de esos parajes que, sin ser especialmente agreste o espectacular por su paisaje, su recorrido en solitario embauca y sumerge en una paz y ensimismamiento profundos.



vista aérea del trazado
Los 7 kms de camino forestal que serpentea, arropado por laderas de encinas y quejigos, desde Bordecorex a Fuentegelmes, suponen alejarse un poco del mundo, y a la vez sumergirse profundamente en el.  Me gusta adentrarme en este valle a ritmo de bicicleta cada vez que visitó la zona. Tan solo con el viento, el canto de los pájaros y algún huidizo corzo que se cruza en el camino. El planear de los buitres, allá arriba observándolo todo en el cielo mas cristalino que conozco, delata que no estoy tan oculto del mundo como yo creía .


La atalaya islámica de la Torremocha se me presenta de improviso en un recodo, y me recuerda que históricos acontecimientos tuvieron lugar en estos parajes ahora tan desolados. Esta atalaya posiblemente vio pasar por delante de sus piedras el cuerpo inerte del moro Almanzor, que acababa de morir recientemente en Bordecorex en su retirada desde Calatañazor, siendo trasladado hasta Medinaceli. De esto han pasado ya 1016 años exactamente.

atalaya islámica de la Torremocha

Tras varios kms de soledad tras una curva me saluda en la distancia la iglesia de Fuentegelmes , orgullosa con su espadaña y campanas bien conservadas, como preludio de un pueblo que será mas pequeño y despoblado de lo que hace presagiar su robusta iglesia.






ventanas en Fuentegelmes


casa tradicional en Fuentegelmes



A partir de aquí el valle se abre, las laderas de vegetación se agachan , los campos se extienden algo más a los bordes del camino, que deja de ser tal para tornarse modesta carretera, el cielo se hace más inmenso y más azul si cabe , y el viento ya no tiene piedad.


Villasayas se presenta tras unos 4 kms desde Fuentegelmes. Su iglesia en lo alto de un cerro es bastante imponente y desproporcionada al tamaño actual del  pueblo.

Más tarde, durante el privilegio de poder visitar su interior, Edelia , quien muy amablemente me abre su vieja puerta, me relatará con entusiasmo que originalmente nació románica , pero más tarde durante los siglos  XVI y XVII creció reconvirtiéndose a renacentista, además de barroca en sus retablos interiores. Afortunadamente sus reformadores de esos siglos tuvieron la sensibilidad de guardar su mejor fachada románica para dejarnos contemplar hoy en día la estupenda galería sur con sus columnas y capiteles, así como alguna arquivolta de fantasía en su pórtico de acceso.





El regreso a Bordecorex lo emprendo por el mismo camino.

Ahora es cuando el viento del oeste se cebará realmente conmigo, implacable, mirándome de frente desafiante, haciéndome trabajar cada pedalada, un poco más pesada, más trabajosa , cada vez un poco más espesa que la anterior.



Atravieso Fuentegelmes, pero desde aquí decido "disfrutar" una variante tras llegar al viejo puente en ruina sobre el río Torete, y me desvío a la izquierda. Este rústico camino supone una larga y constante subida entre bosques de encinas hasta los Llanos, la estepa castellana.


Arriba el paisaje es otro. Tan diferente a pesar de tan cercano al anterior. La inmensidad del páramo. Kilómetros de campo y pequeño matorral se extienden en todas direcciones. La ascensión continúa algo más leve.  Aquí en lo más alto del páramo , a más 1.100 mts de altura, la vista es infinita hacia donde quieras mirar durante todo el pedaleo.
Allí al sur diviso la Sierra de Ayllon en Madrid . Si vuelvo la vista atrás el Moncayo me observa , tan impresionante que parece lo tuviera a tiro de piedra, a pesar de estar en la provincia de Zaragoza.  Y aquella otra cordillera hacia el norte solo pueden ser las Sierras de Urbion y de la Demanda en Burgos. Impresionante. Todas con un generoso  manto de nieve en esta época.



El pedaleo por la estepa castellana tiene un encanto que cuesta descubrir  Este escenario monótono pero inmenso bajo un cielo impoluto y un viento cortante no es para todo el mundo. Te tiene que gustar la soledad ,la inmensidad, la Castilla olvidada.


Tras varios kms de pedaleo estepario, el valle del Torete se me presenta de nuevo con Bordecorex allí abajo al final del camino.

valle del Torete

Este último tramo de fuerte bajada, degustándolo despacio contemplando el valle y el pueblo al fondo, supone una estupenda recompensa final a todo el esfuerzo de la ruta de hoy.

llegando a Bordecorex

Mapa de la ruta :


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perfil de la ruta


distancia, desnivel , altura máxima y mínima
































6 de mayo de 2016

Bordecorex en el Diccionario geográfico, estadístico, histórico... de Pablo Riera y Sans (1882)



"Bordecorex.- Lugar con ayuntamiento, al que se hallan agregados 24 casas y grupos, edificios, viviendas y alb. ais. Cuenta con 152 habitantes y 127 edificios entre habitados e inhabitados.- Organización civil. Corresponde a la provincia de Soria, al 1er distrito de su partido judicial para las elecciones de diputados provinciales y al distrito de Almazan para las de Cortes.- Organización militar. C. G. de Burgos y G.M. de Soria.- Organización eclesiástica. Pertenece a la diócesis de Sigüenza y tiene una iglesia parroquial dedicada a San Miguel, arcángel, convenientemente servida.- Organización judicial. Adscrito al partido judicial de Almazan, está como éste sometido a la audiencia territorial de Burgos.- Organización económica, Depende de la administración económica de la capital para el pago de impuestos.- S. Pública. Recibe y emite la correspondencia por cn. de Sigüenza a Soria, esf. Almazán y partido de Villasayas.- Obras públicas y medios de comunicación. En muy mal estado se hallan los caminos y veredas por donde se comunican los vecinos con los pueblos comarcanos.- Instrucción pública: De fondos municipales se costea una escuela de primeras letras para niños de ambos sexos, que concurren en escaso  número.- Artes, oficios, industrias. La agricultura es la industria que se ejerce en el lugar y ocupa todo los brazos sin excepción, porque áun el que se ocupa en algún oficio útil al vecindario, también atiende a la labranza.- Población: Hallánse formada por 68 edificios, la mayor parte de vieja y pobre construcción, sin que, aun los que aparecen modernos, ofrezcan grandes comodidades ni solidez. Una fuente que existe dentro de la población y varias fuera, abastecen de agua al vecindario.- Situación geográfica y topográfica. A la falta del cerro conocido por Otero, disfrutando saludable clima encuentrase este lugar, que confina por N. con término de Caltojar, por E. con el de Velamazan y Barca, por S. con el de Baraona y por O. con el de Bello [sic: Rello]. El terreno es bastante quebrado, pero hay sitios fértiles y aprovechados, contribuyendo a ello el río denominado Torete, que tiene un puente de un sólo arco. La producción es abundante en cereales y regular en legumbres, hortalizas, frutas y miel; cría ganado lanar, vacuno y cabrío, pues hay buenos pastos, y no falta caza de liebres, conejos y perdices, viéndose alguna vez zorras, garduñas y lobos. Una ermita que hay lejos de la población está dedicada a Nuestra Señora del Campo"

Pablo RIERA Y SANS (dir.): Diccionario geográfico, estadístico, histórico, biográfico, postal, municipal, militar, marítimo y eclesiástico de España y posesiones de Ultramar, Barcelona: Imprenta y librería religiosa y científica del Heredero de D. Pablo Riera, 1882, tomo II, pp.838-839.

31 de octubre de 2014

la noche de Difuntos, leyendas de Soria

La Noche de Difuntos, me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas. Su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo. ¡Imposible! Una vez aguijoneada la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarlo de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
A las doce de la mañana, después de almorzar bien, y con un cigarro en la boca, no le hará mucho efecto a los lectores de El Contemporáneo. Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire de la noche.
Sea de ello lo que quiera, allá va, como el caballo de copas.

I
—Atad los perros, haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Animas.
—¡Tan pronto!
—A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras, pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
—¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
—No, hermosa prima. Tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos. Los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían a la comitiva a bastante distancia.
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
-Ese monte que hoy llaman de las Animas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres. Los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos. Cundió la voz del reto, y nada fue a parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras. Antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería. Fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres. Los lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de Difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos. Y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria lo llamamos el Monte de las Animas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.
La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.
II
Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.
Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, y absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos temerosos, en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
—Hermosa prima exclamó, al fin, Alonso, rompiendo el largo silencio en que se encontraban, Pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales, sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia: todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
—Tal vez por la pompa de la Corte francesa, donde hasta aquí has vivido se apresuró a añadir el joven. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?
—No sé en el tuyo contestó la hermosa, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven que, después de serenarse, dijo con tristeza:
—Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los Santos y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío? Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volvióse a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y monótono doblar de las campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a reanudarse de este modo:
—Y antes que concluya el día de Todos los Santos en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? —dijo él, clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
—¿Por qué no? —exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho, como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro, y después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
—¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
—Si.
—¡Pues... se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.
—¡Se ha perdido! ¿Y dónde? —preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
—No sé... En el monte acaso.
—¡En el Monte de las Animas! —murmuró, palideciendo y dejándose caer sobre el sitial. ¡En el Monte de las Animas! —luego prosiguió, con voz entrecortada y sorda—: Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces. En la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario de mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres, y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche..., ¿a qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar de terror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarlo en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que, cuando hubo concluido, exclamó en un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores.
—¡Oh! Eso, de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de Difuntos y cuajado el camino de lobos! Al decir esta última frase la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movido como por un resorte se puso en pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar, entreteniéndose en revolver el fuego:
—Adiós, Beatriz, adiós, Hasta pronto.
—¡Alonso, Alonso! —dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerlo, el joven había desaparecido. A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último. Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.
III
Había pasado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto de sonar, cuando Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, y, a querer, en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
—¡Habrá tenido miedo! —exclamó la joven, cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la Iglesia consagra en el día de Difuntos a los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de las campanas, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
—Será el viento —dijo—, y poniéndose la mano sobre su corazón procuró tranquilizarse.
Pero su corazón latía cada vez con más violencia, las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes con chirrido agudo, prolongado y estridente.
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y grave, y aquellas con un lamento largo y crispador. Después, un silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la medianoche; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas, que casi se siente, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio.
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas las direcciones, y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada; oscuridad de las sombras impenetrables.
—¡Bah! —exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho. ¿Soy yo tan miedosa como esas pobres gentes cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura al oír una conseja de aparecidos? Y cerrando los ojos, intentó dormir...: pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y rebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas de aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, y otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin, despuntó la aurora. Vuelta de su temor entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, tendió una mirada serena a su alrededor, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que fue a buscar Alonso. Cuando sus servidores llegaron, despavoridos, a notificarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que por la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil; asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros, muerta, ¡muerta de horror!
IV
Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de Difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas terribles. Entre otras, se asegura que vio a los esqueletos de los antiguos Templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa y pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.»
«El Monte de las Ánimas» de Gustavo Adolfo Becquer

8 de junio de 2014

Bordecorex hacia 1905, bajo la mirada de su maestro


Emilio García Gómez, nieto del maestro que tuvo Bordecorex entre 1905 y 1906 , tras varios años de ardua tarea de investigación logró finalizar su libro en febrero de este año. Bajo el título  “Román García Garate . Maestro, alcalde y patriota aragonés “(editorial Circulo Rojo ) recoge la interesante e itinerante vida de su abuelo.


Producto de su investigación recogemos en este blog algunos datos interesantes que nos aporta el libro sobre el Bordecorex de principios de siglo XX , y algunas notas históricas mucho mas antiguas.

Román García Gárate publicó en 1924 una Guía General de Aragón, Navarra, Soria y Logroño, de 741 páginas, en la que describía todas las localidades de esas provincias. En ella de Bordecorex destacó su excelente escuela y casa-habitación para el maestro: 

Román García Gárate viajó en 1905 desde su pueblo natal Albalate del Arzobispo ( Teruel ) en coche de mulas , en tren y a lomos de caballería , tardando probablemente dos o tres días en alcanzar Bordecorex.

A finales de septiembre de 1906 D. Román dejaría su puesto de maestro en el pueblo y se trasladaría a un pueblo cercano , Viana de Duero . La vacante en Bordecorex salió a concurso inmediatamente con el mismo sueldo : 500 pesetas / año, mas 100 pesetas de complemento del ayuntamiento ( para los mas jóvenes  recordamos la equivalencia: 1 € = 166, 386 pesetas).


Emilio Garcia en su libro apunta también la historia de la muerte de Almanzor en Bordecorex. Tras la tremenda derrota de Calatañazor en el año 1002 abatido por la vergüenza y el despecho el caudillo Almanzor dejó de ingerir alimento por lo que le sobrevino un tremendo dolor de estómago que forzó a que lo tuvieran que trasladar sobre una silla de madera, ya que le era imposible hacerlo sobre caballería. En este estado le fue necesario detenerse en una fortaleza situada en un valle entre las villas de Berlanga y Medinaceli. Esta fortaleza es conocida en la historia con el nombre de Borg Alcoraxi , así como el valle y el arroyo cercano como Waldicoraxi , en memoria de Almanzor al que algunos de sus seguidores emparentándolo  con Mahoma lo llamaron Coraxi de la tribu de Coraix . Allí falleció un 6 de agosto de 1002 a los 65 años de edad, y casi 27 de gobierno.

Como recuerdo de este hecho hoy pervive el pueblo de Bordecorex, nombre derivado del árabe Borg Alcoraxi , sin poderse aun hoy determinar si aquel castillo tomó ese nombre por haberlo edificado Almanzor o por ocurrir allí su muerte.
Medio siglo después, en 1060 Fernando I de León arrasaría las fortalezas musulmanas erigidas en las riberas del río Torete.
 Agradecemos a Emilio la deferencia tenida en su libro con los actuales habitantes de Bordecorex ,  y nos elogia que su visita al pueblo durante su investigación le haya impregnado de esa "conexión mística" que menciona en la búsqueda de su pasado.
 














Fuente : “Román García Garate.Maestro, alcalde y patriota aragonés “(editorial Circulo Rojo )

 
  

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13 de mayo de 2013

¿Por qué ya no lleva agua el rio de Bordecorex ?

¿ Cuantas veces hemos oído a los ancianos del pueblo comentar que en su juventud cogían cangrejos en el río , y hasta se bañaban en alguna alberca del valle del Torete?

El riachuelo llevaba agua regularmente hasta los años 60 del siglo pasado, incluso en verano. Actualmente sólo se conserva el surco, y ni aun en años lluviosos lleva un mínimo caudal. Si no fuera por una delgada línea de árboles y vegetación que recorre el valle, que demuestra que una leve humedad queda en el subsuelo, no tendríamos evidencia que por allí circulaba un rio en el pasado.

Me he preguntado muchas veces por qué el rio se pudo secar tan bruscamente en un período de pocos años. El cambio climático no puede ser causa de un cambio tan radical del caudal de un rio, aunque este sea pequeño.

La respuesta a esta incógnita puede encontrase en la desecación de algunas lagunas relativamente cercanas de las que se podía alimentar el rio.

Consultando mapas de esta zona de la provincia de Soria se observa que a mitad del siglo XX existían algunas pequeñas lagunas y humedales. Entre estas se encontraba la Laguna de Conquezuela , de la cual probablemente se alimentaba el rio Torete.

En 1890, el geólogo Pedro Palacios (1847-1921), en sus estudios de campo para el desarrollo de la Memoria Geológica de Soria mencionaba la existencia de lagunillas existentes entonces en la zona del sur de Soria:

"...la mayor de las que actualmente existen se halla en el término de Miño del Ducado, enclavada entre este pueblo y los de Ventosa y Conquezuela, cerca del sitio donde se juntan las divisorias de aguas vertientes al Duero, Ebro y Tajo...". "El escaso caudal que normalmente rebosa de ella corre por un pequeño cauce al arroyo de Alcubilla, que lo conduce al Rio Bordecorex. La extensión que ocupa no baja de 1 Km2 pero su profundidad no debe ser grande a juzgar por las isletas y plantas acuáticas que descuellan por la superficie del agua. En los estíos queda con frecuencia en seco su mitad meridional y convertida en una dilatada pradera donde pueden pastar cómodamente los ganados".







Ya en el siglo XX, la primera referencia sobre la Laguna de Conquezuela, expresamente dedicada al estudio de humedales, está fechada en 1948, antes de su desaparición. Fue realizada por el investigador Luis Pardo a razón del primer Catálogo de Humedales Peninsular. Se remite a un breve resumen de la información recogida por Pedro Palacios en 1890, no aportando datos más específicos. La siguiente cita bibliográfica encontrada sobre este humedal aparece en los registros del Ministerio de Agricultura en 1963 , se refiere a su saneamiento durante la concentración parcelaria (1959) del entonces municipio de Conquezuela, hoy pedanía de Miño de Medinaceli.



El humedal fue desecado con fines agrícolas en 1959, a raiz de las políticas de concentración parcelaria que tuvieron lugar entre los años 1958 y 1961 . Se excavaron numerosas acequias de drenaje conectadas a un cauce situado aguas abajo. Como consecuencia estos campos sufrieron una desecación forzada unida al laboreo agrícola, agravada por las sequías periódicas que aparecieron en los últimos años del siglo. Esta situación ha provocado un importante cambio en la vegetación que crece sobre estos terrenos. Adicionalmente, allá donde la saturación del suelo era tan grande que dificultaba el drenaje, se plantaron especies arbóreas (chopos) que propiciaban dicho drenaje, absorbiendo y evaporando la humedad , e impedían el encharcamiento del terreno.

Actualmente la Laguna de Conquezuela se recoge en el Inventario Peninsular de Humedales (1990) (Código 02 CL 20111 SO 0434004) donde figura como desaparecida, pero con un pequeño rayo de esperanza , pues incluye un comentario recomendando su estudio de recuperación:

"Debió de ser un humedal muy interesante por su gran extensión y de gran valor como hábitat palustre..."
Fuente : Javier González Soria , http://soria-goig.com/Rutas/pag_0450.htm 

Pueblo de Conquezuela:





30 de noviembre de 2012

Atalayas, testigos de la historia


El Valle del río Torete presenta una especial concentración de atalayas islámicas a lo largo de lo que fue una línea de defensa-ataque musulmán que uniría Medinaceli con San Esteban de Gormaz en el siglo X.
Tierra esta de múltiples incursiones musulmanas y ataques cristianos durante las campañas de ambos contendientes.
La función de estas torres era la de control de los pasos, además de comunicarse entre ellas visualmente.




marca Media del Califato de Córdoba







En el Valle del Torete se ubican 3 atalayas : 


La atalaya islámica de La Ojaraca levantada en el siglo X se comunica visualmente con la fortaleza califal de Gormaz , el castillo de Berlanga de Duero , y con la atalaya de La Veruela ( en la ladera de enfrente ) .Tiene una altura de unos 7,5 metros .






                                                                                                                                                                                                                                              

Actualmente se encuentra semiderruida habiéndose desplomado verticalmente la mitad de la atalaya . Sirva el presente artículo para concienciar sobre la necesidad de una restauración urgente. Sería una lástima  perder definitivamente este testigo de la historia con 1000 años de antigüedad.  



Para la ascensión al paraje recomiendo una excursión muy gratificante desde Bordecorex hasta Caltojar ( ver mapa adjunto ):





















Entre ida y vuelta el recorrido es de unos 5,5 kms.

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Nada mas salir del pueblo dirección Caltojar un camino a la izquierda conduce hacia unos campos de cultivo que hay que atravesar. Al llegar a la falda de la ladera un estrecho sendero nos enfila con un leve zigzagueo a la llanura superior. Desde ahí solo hay que seguir la cuerda por el borde de la ladera hasta la Atalaya . Es fácil divisar fauna salvaje si se va en silencio ( corzos especialmente, y buitres al atardecer posándose en un par de viejas encinas en la ladera justo enfrente de Bordecorex) . Esta ruta permite observar el principio del valle del río Torete desde arriba , y también se divisan la Sierra de Ayllon al sur , y la Sierra de Urbión al norte .
El cielo del crepúsculo nos brinda una visión espectacular desde la atalaya.













Al fondo se adivina la Fortaleza califal de Gormaz

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La atalaya islámica de La Veruela fue levantada en el siglo X y tenía la misión de control del valle del río Torete. Comunica visualmente con la atalaya de La Ojaraca ( en la ladera de enfrente ) y con el Castillo de Berlanga ( sólo se distingue desde aquí con prismáticos a unos 15 kms hacia el noreste).


Tiene una altura de 9 m . De planta circular con gruesos muros, está dividida en tres pisos. En el segundo se encuentra la puerta . Es ingenioso el sistema de entrada a las atalayas . Cerrando la torre con una puerta pequeña y elevada se logra que el acceso desde el exterior en momentos de acoso sea muy complicado.






Presenta un singular arranque de un muro en su lado sur integrado en el resto de la construcción, que puede indicar que mantenía una dependencia adyacente.



En la excelente restauración de 2001 se le añadió una escalera metálica para acceder a la entrada en alto, y escalas interiores comunican sus dos pisos y la terraza. Se puede acceder hasta su parte superior.

vista desde el interior de la torre: 




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La atalaya islámica de la Torremocha se encuentra a medio camino entre Fuentegelmes y Bordecorex por el valle del Torete.

Su función era el control de las entradas y salidas del valle hacia Medinaceli. 


Atalaya cilíndrica de unos 5 metros de altura, 5,70 metros de diámetro y 1,40 metros de grosor de muro. El lado este, donde se encontraba el acceso, se encuentra algo más desmochado. No mantiene comunicación visual con otras atalayas conservadas.


Actualmente se encuentra olvidada en completa ruina, escondida  rodeada de vegetación , pasando desapercibida desde el camino. Al igual que la de la Ojaraca, está pidiendo una restauración urgente, necesaria para que no perdamos definitivamente este patrimonio histórico tan peculiar de esta comarca.













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